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Iceberg

Una moderna Casandra

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El próximo viernes día 10 se entregarán en Estocolmo los Premios Nobel. Es el aniversario de la muerte de Alfred Nobel, inventor de la dinamita, para nombrar tan sólo la más inocente de sus invenciones (la dinamita goma y la balistita son más devastadoras todavía), y a fe mía que algún galardonado le hace honor al patrón del Premio. Este año se da el caso con el Nobel de Literatura.

Pensando a principios de octubre en pronósticos para el Nobel de Literatura, tan sólo se me ocurrieron dos mujeres ninguneadas en los últimos tiempos: Mary McCarthy entre las difuntas y Doris Lessing entre las vivas. Y lo que son las cosas: a los pocos días, la Academia Sueca decidió conceder por décima vez su galardón a una escritora y eligió para el caso a la austríaca Elfriede Jelinek. Dicho sea de entrada y sin la menor duda: mejor hubiese sido Doris Lessing, pero Elfriede Jelinek no es una mala elección, al menos desde un punto de vista literalmente Nobel —pues lo que escribe suele ser dinamita pura—­, y también por dos razones más.
 
La primera de ellas, porque con la Jelinek se distingue por vez primera a un escritor austríaco, y hay que recordar que la república alpina, haciendo honor a ese gentilicio, ha poblado el panorama de la literatura en lengua alemana con algunas cumbres de primera categoría. Para empezar valgan los nombres de Karl Kraus y Stefan Zweig (quien curiosamente promovió la candidatura al Nobel de Literatura, y no al de Medicina, de Sigmund Freud), y para continuar, los de Arthur Schnitzler, Hermann Broch, el indeglutible Robert Musil, Heimito von Doderer, Albert Drach, Thomas Bernhard y, según el gusto de muchos, entre quienes no me cuento, Peter Handke: aunque el mérito sí se lo reconozco. Hora, pues, de que se haya reconocido también, en la persona de esta escritora tan especial, el aporte de Kakania a dicha literatura. Elías Canetti, por si alguien me lo citase como lapsus de mi memoria, no era austríaco sino igual que Hermann Hesse era suizo: sólo de pasaporte; y su último pasaporte fue británico.
 
Y en segundo lugar, Elfriede Jelinek no es una mala elección porque se trata de una buena escritora, si bien una voz interior me llama a capítulo y me dice que ser nada más una buena escritora es muy poco equipaje para subirse al tren del Nobel. Sobre todo pensando en por lo menos una docena de escritoras y escritores bastante más que buenos que se quedan en el andén: empiecen...

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Ricardo Bada

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