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Breviario

Una histeria llamada máxima

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Recientemente estuve en los Países Bajos y todo el tiempo me lo pasé diciéndome:

¡Qué pena de pueblo éste, el pueblo holandés, universalmente conocido como gente de una tolerancia que raya en lo sobrenatural!, ¡qué pena verlo convertido en un pueblo de maximalistas! Así creo que debe interpretarse la devoción, con caracteres cercanos al ridículo, que se le está rindiendo desde ya a la prometida del príncipe heredero de la corona neerlandesa, una señorita argentina llamada Máxima Zorreguieta.

Los cronistas de sociedad y los descerebrados homologables hasta se preguntan si no será ella la segunda Diana…, y desde luego no tienen en mente a la diosa romana sino a cierta desgraciada princesa inglesa que murió en un accidente de tráfico en París hace un par de años, quizás todavía la recuerdan ustedes. Y es que en estos países monárquicos europeos las casas reinantes gozan de una especie de bula que me hace recordar mucho la actitud de los mexicanos ante la virgen de Guadalupe: hasta los ateos la respetan y no permiten que se gasten bromas acerca de ella, un fenómeno que siempre me deja tan estupefacto como la refracción de los objetos en el agua, e incluso puede que emparentado con ella.

Hablando de su Casa de Orange, de la familia reinante en Holanda, a los neerlandeses se les trasluce, bajo la máscara sonriente del entusiasmo, la mueca servil del súbdito feudal, si bien debo añadir que pocas veces lo he sentido de una manera tan aguda como en el caso de esta joven sudamericana, esta Máxima que ha conquistado el corazón de los holandeses a partir de una operación magníficamente orquestada de medios de masificación comunicada y relaciones públicas.

En una edición monográfica de Privé, revista de ámbito nacional, leí al respecto de la futura reina una frase que me dejó atónito: “La vida sentimental de Máxima Zorreguieta es la de una jovenpromedio en América Latina. Sólo algunos amigos logran entrar en su casa, pero la mayoría de los candidatos son descartados al cabo de una noche”. En ese mismo artículo se mostraban fotos de su relación amorosa con un italiano, quien la rompe al comprobar que Máxima comparte techo (repito: techo) [y nombre en el timbre] de un apartamento neoyorquino con un nuevo amigo. La revista de marras no se recataba de publicar una foto del timbre con los apellidos de los dos habitantes del apartamento:

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Ricardo Bada

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