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Ficción

Paso a nivel con ferrocarril

Un cuento de Ricardo Abdahllah


Ilustración de Santiago Guevara

 

Vengo de un país en el que no existen los trenes. Vengo de un país donde tampoco existe el correo oficial. No es fácil de explicar, y si eso tiene importancia en mi historia es porque esa tarde, en el largo café que siguió al almuerzo con Cozanac, había estado explicando a mi anfitrión rumano que en Colombia la única manera de enviar un documento es llevarlo con las propias manos. No me creyó. Se fue a hacer su siesta y yo salí a caminar por Drobeta-Turnu Severin.

Bajé por la fortaleza antigua, la misma que dos mil años antes sirvió de base al puente que unía esta orilla del Danubio con lo que hoy es Serbia. El aire estaba impregnado de un olor a madera de ciruelo. De inmediato pensé –porque lo había leído– que Vlad Tepes prefería ese árbol cuando le daba por empalar con varas a sus enemigos.

El propósito oficial de mi viaje era traducir al español un par de cuentos de autores rumanos contemporáneos, pero yo no hablaba el idioma y había ganado la beca a punta de cartas de recomendación. En realidad, quería escribir una novela o un par de crónicas –poemas en el peor de los casos– y por eso tomaba nota de todo lo que veía, hasta que se me helaban las manos.

De regreso a casa, después de bordear el Danubio, caminé junto a la carrilera. Tengo dos referencias de que uno puede poner una bala sobre los rieles para que al pasar el tren esta explote. Una es un video de Pink Floyd. Otra, una chica gótica que conocí en Bogotá. Y aunque nunca he tenido una bala en mis bolsillos, tengo mil referencias de que una moneda puesta sobre los rieles se aplana con el paso del tren. Me saqué del bolsillo una moneda de cinco lei, caminé al lado izquierdo del semáforo y la puse en el tercer travesaño, justo en el punto en que la calle cruza la carrilera para ir hacia el puerto.

Casi había vencido la cuesta para llegar a la casa de Cozanac, cuando escuché el pito del tren que venía desde Bucarest. Pensé en correr para ver cómo aplastaba mi moneda y luego, cosa que tampoco había hecho jamás en la vida, poner la mano sobre los rieles calientes.

El semáforo ya había comenzado a parpadear, pero le dio tiempo a un tipo para que cruzara caminando la carrilera, y a u...

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Ricardo Abdahllah

En 2013, ganó el Concurso Nacional de Cuento de la Universidad de Antioquia con 'El sol es siempre igual'.

Agosto de 2012
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