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Literatura

King Fans

Para el lanzamiento de Revival, su último libro, Stephen King realizó una gira de presentaciones en la que se encontró con sus lectores. Mezcla de rockstar avejentado y predicador freak, el hombre sobre la tarima solo parece completarse gracias a la respuesta de esa fanaticada que lo ha convertido en uno de los escritores más vendidos del mundo.

Ilustración de Juan Gaviria

 

“Mierda”.

El público ríe.

“Esto es como un concierto de Led Zeppelin. Solo me tengo que subir a este escenario, tocar los hits y ustedes caen rendidos”, dice Stephen King.

Más risas.

Alguien bromea: “¡Toque ‘Stairway to Heaven’!”. “¡‘Freebird’!”, dice otro. “Señor King, ¡gracias por sus libros!”, grita una rubia platinada cerca de donde estoy sentado.

Stephen King es un escritor que evita las presentaciones; rara vez sale de gira porque sus libros, lo sabemos, se venden solos. Y mucho. Por eso el entusiasmo del público esta noche en el auditorio de la Universidad George Washington. De hecho, es la primera vez que King viene a la ciudad de la Casa Blanca. Y todo para presentar Revival, su nuevo libro, en una minigira de apenas seis fechas que va desde Nueva York, pasa por Texas y terminará donde todo comenzó: en Portland, Maine, al noreste de Estados Unidos.

Stephen King nació en ese mismo estado en 1947, allí vivió sus primeros años y asistió a la universidad, donde escribía la columna “King’s Garbage Truck” (“El camión de la basura de King”) en el periódico universitario. En Maine también publicó sus primeros cuentos en revistas de segunda y tercera categoría, conoció a su esposa, la escritora Tabitha King, comenzó a tomar alcohol y, por último, consiguió un certificado para enseñar inglés y literatura en escuelas. Y lo hizo: trabajó como profesor durante varios años hasta que publicó Carrie, la novela que le cambió la vida. La historia de una colegiala con poderes telequinéticos que se venga del bullying de sus compañeros de escuela. Una novela de terror psicológico, con tintes religiosos, citas de Bob Dylan y una delicada sensibilidad femenina. Tres años más tarde, en 1976, Brian de Palma la adaptó al cine (con harta sangre) y la película fue un éxito. Habían quedado atrás los años en que tuvo que trabajar en una lavandería para mantener a su familia, con la que vivía en una estrecha caravana. Desde Carrie, la vida de Stephen King sería completamente diferente: gracias a las ventas de sus libros podría dedicarse de lleno a la escritura y ya comenzaba a tener fanáticos.

“Últimamente se me acerca mucha gente que va a terapia”, dice el autor al comienzo de su presentación en Washington. “Gente que va y cuenta sus historias de terror y le paga a alguien para que las escuche. Yo soy más afortunado: a mí me pagan por escribir las mías para que ustedes las lean”.

Stephen King es uno de esos autores que, en los círculos literarios duros, siempre ha incomodado un poco. Es un escritor leído por muchos (ha vendido más de 350 millones de copias y gana casi dos millones de dólares al mes en regalías), pero es despreciado por cierta intelligentsia literaria que lo ve como un simple fabricante de bestsellers. Por ejemplo, en 2003, cuando le otorgaron el National Book Award –un premio entregado anteriormente a John Updike, Arthur Miller, Philip Roth y Toni Morrison–, el crítico literario Harold Bloom alegó: “Es un nuevo golpe bajo en el escandaloso proceso de idiotización de nuestra cultura nacional. Stephen King no es Edgar Allan Poe”. Para otros, como la escritora canadiense Margaret Atwood, es exactamente lo contrario: “King es un peldaño de una tradición literaria que se puede rastrear hasta llegar a Hawthorne, Poe y Melville”.

Desde 1973, King publica un libro al año (a veces más) y, según Forbes, cuenta con más de 400 millones de dólares en sus bolsillos. Ha escrito novelas, cuentos, ensayos, guiones de series y películas. Durante la década de los setenta y ochenta publicó sus grandes éxitos: El misterio de Salem’s Lot (1975), El resplandor (1977), La danza de la muerte (1978), La zona muerta (1979), Cujo (1981), Cementerio de animales (1983), It (1986), Misery (1987) y Rabia (1977), este último escrito bajo el seudónimo de Richard Bachman y aparentemente causante de varios tiroteos en escuelas yanquis. Por ello, hasta el día de hoy está prohibida su reimpresión.

El público de esta noche creció leyendo aquellos libros setenteros y ochenteros. Se nota por la edad de los asistentes y las anécdotas que King relata.

“Voy a contarles lo que me pasó anoche. Estaba en una librería de Nueva York firmando libros y se me acercó una mujer de cuarenta años”. King pausa y pone voz chillona, imita a la mujer. “Señor King, cuando pequeña sus libros me daban miedo. Mucho”. El público ríe y chifla. King vuelve a su voz. “Pero luego se me acercó y me dijo: ‘¿Me puede abrazar?’ ”.

Hay algo de ritual en esta noche. O de convención, claro, pero esa es una salida fácil: pensar que el culto a Stephen King es equiparable al de Star Wars o El Señor de los Anillos o Doctor Who. Sí y no. Una noche con King tiene un poco de convención nerd, pero también algo de fiesta gótica y, finalmente, mucho del Estados Unidos profundo, de esos paisajes que el escritor norteamericano ha explorado en sus novelas y cuentos, la mayoría situados en ciudades o pueblos parecidos a su natal Maine, donde los inviernos son de casi diez meses y el único sonido que se escucha muchas veces es el de la nieve al caer.

Esta noche, 1.500 personas pagaron cuarenta dólares para venir, escuchar a King y luego llevarse una copia de Revival que podría estar firmada por el autor. Antes del evento, King autografió tan solo el 20% de los libros. La organización fue clara en eso: King no firmará más libros, solo serán los pocos autografiados que caerán en manos de algún fanático al azar. Algo de nerviosismo pesa sobre los asistentes, y también sobre mí. En los días previos al evento fui a una librería de usados para conseguir una copia de El cuerpo, la novelita en la que está basada la película Stand By Me, esa historia de cuatro chicos que se fugan de casa para ver el cuerpo de un niño muerto en el bosque, cerca de los rieles del tren. Una película que recuerdo haber visto en los noventa, en un canal católico chileno, y que me enseñó una idea presente en varios libros de King: crecer también puede ser una historia de terror.

Con mi copia avejentada de El cuerpo y una libreta en mi mochila subo los escalones del auditorio. La sala está llena. Muchos hombres blancos con zapatos Caterpillar y camisas leñadoras (no son hipsters o fans de Pearl Jam, sino gente que de verdad parece cortar leña por las mañanas). Muchos parecen no vivir en Washington, tal vez provienen de Virginia o de los suburbios de Maryland. Mucha gente con camisetas de películas, series o cualquiera de las adaptaciones de King. Mucha gente pasada de peso. Mucha gente sola que se refugia en su teléfono. Mucha gente que está siendo observada por diez policías con chalecos antibalas –cada uno en un lugar estratégico–, preparados para la aparición de algún fanático demasiado loco (ya ha sucedido).

Me siento en las últimas filas unos minutos antes de que las luces se apaguen. Y entonces, después de la presentación del dueño de Politics and Prose, la librería indie que organiza todo esto, una sombra se proyecta. La gente aplaude. Ahí está.

Polera roja que le queda grande, unos jeans claros y algo gastados, zapatos negros sin mucha elegancia y sus ya clásicos lentes de marco grueso. El pelo de Stephen King es gris y blanco, como el pelaje de un lobo. Desde lejos, el autor de Misery se parece a Joey Ramone, el vocalista de la banda punk: alto, un poco deforme, con una joroba en la espalda y las piernas demasiado largas. Toma el micrófono y comienza a hablar. Su voz no da miedo. Para nada. Es una voz aguda y cansada. Parece la de cualquier viejo gringo, de esos que abundan en Florida, el estado donde, de hecho, King y su esposa Tabitha pasan más de tres meses al año para escapar de los gélidos inviernos de la Costa Este.

“¿Alguien quiere hacer alguna pregunta? Pues van a tener que gritar. Me hice mierda los oídos escuchando AC/DC”.

Desde los primeros segundos, Stephen King parece cómodo. Aunque dice que igual le da un poco de miedo; cuenta que un día normal es escribir y sacar la basura de su casa, y no tener que hablar frente a tanta gente. “Los escritores tienen que ser agentes secretos”, dice, pero de todas maneras saluda, agradece al público su asistencia y ríe. Apenas se queda quieto; camina por el escenario con micrófono en mano y bromea mucho. Los primeros veinte minutos son una suerte de stand-up-comedy; King habla sobre momentos específicos de su carrera, y cada vez que menciona el título de un libro, la gente aplaude y grita. Y King, claro, usa eso a su favor.

“Tengo celos de Joe”, dice en un momento sobre su hijo Joe Hill, quien también escribe novelas e historias de terror. “Es joven y guapo. Y le va bien. Pero por lo menos me alivia saber que también envejecerá”.

 

En Revival (el 26 de septiembre Random House publicará la traducción al español) leemos el relato de Jamie Morton, un niño de seis años que se hace amigo del nuevo pastor de un pueblo de Maine. Es un pastor joven, distinto a los anteriores y a quien, como el doctor Frankenstein, le gusta jugar con la electricidad. Más que una novela de terror, Revival es una historia sobre cómo es crecer en un pueblo chico, sobre la nostalgia de los años sesenta y sobre el peligro de tomar ciertos caminos. Morton crece, se convierte en rockstar, cae en las drogas, el alcohol y finalmente se reencuentra con el pastor, quien ahora potagoniza sospechosos milagros y sermonea como si estuviera poseído por el demonio. “Escribir es algo maravilloso y terrible”, dice Jamie Morton en un momento de la novela. “Se llega a pozos profundos y oscuros que permanecían tapados”.

Como el protagonista de Revival, King también tuvo problemas con las drogas. En 2014 le confesó a la revista RollingStone que a finales de los setenta, con hijos encima y ya convertido en un bestseller, se tomaba al día un six-pack de cerveza y varios polvos blancos entraban por su nariz antes o durante su tanda de escritura nocturna. Fueron ochos años de adicción. En esa misma entrevista, King recordó aquellos años: “Misery es un libro sobre la cocaína. Annie Wilkes es la cocaína. Ella era mi fan número uno”.

Y es justamente ese personaje el que King rescata cuando le preguntan lo siguiente:

–Señor King, primero tengo que confesarle que siempre me dio mucho miedo –dice una mujer en sus cuarenta, de jeans y polera blanca, pelo rubio, que dicta clases en un colegio en Virginia–. A los diez años leí It y tuve pesadillas. Mi pregunta es: ¿cuál es su personaje favorito?, y muchas gracias por haberme asustado a esa edad, creo que no salí tan mal, ¿no?

King ríe.

–Claro que no –dice King mientras le da la espalda al público–. Creo que mi personaje favorito es Annie Wilkes.

Aplausos. King queda en silencio, aún de espaldas agrega que hay otros personajes que le gustan: los chicos de El cuerpo, la protagonista de La historia de Lisey, su novela de 2006 sobre la viuda de un famoso escritor estadounidense. “Lisey tiene algo de mi esposa... Pero no mucho, claro”. Entonces se da vuelta: ahora encara al público. Busca a la mujer de la pregunta.

–Pero tu pregunta me recuerda algo. Una vez me pidieron que sacara la palabra “fuck” de uno de mis libros, para que así pudiera venderse más en los colegios.

King asume una actitud de sermón y por momentos se parece al pastor de Revival. El pastor de las tinieblas.

–¿Y saben qué hice?

Alguien del público se adelanta:

–¡Les dijo que se fueran a la mierda!

King sonríe nuevamente.

Como ocurre con pocos autores, la relación de Stephen King con sus lectores es estrecha y alcanza, por momentos, niveles intensos. Llega el momento en que le preguntan si ha tenido miedo de sus fanáticos. Y King nos cuenta de una noche en que fue con su hijo al béisbol. Su mujer se quedó en la casa viendo tele en pantuflas y bata. Hasta que escuchó un ruido en el living y bajó.

“Había un hombre fumando”, dice King, “era un lector mío que venía a reclamarme algo: según él, yo le había robado una historia a su tía, así que era mejor que pagara, y entonces le dijo a mi esposa que tenía una bomba en su mochila”. En silencio, el público espera que King siga con la historia. “Mi esposa salió corriendo, se refugió con los vecinos y llamó a la policía”. King ríe. Pero su risa tiene un efecto doble: histriónica y a la vez escalofriante. “Entonces llegó la policía y arrestaron al tipo. Y encontraron una bomba en el ático de mi casa... aunque hecha con lápices y totalmente inofensiva”.

Muchas personas se han puesto en fila para hacerle preguntas. La mayoría no alcanzará a hacerlo. Un tipo dice que es el cumpleaños de su esposa –que está entre el público–, y pregunta si él puede saludarla. King accede. Otra mujer le pregunta si ve alguna influencia de su obra en shows como The Walking Dead. King dice que sí, que en verdad tampoco piensa en eso. Y entonces mira hacia las filas de arriba.

–A ver, ¿alguien por allá tiene algo que decir?

Muchos se paran y vociferan: “Señor King, acá, señor King, acá”, hasta que un tipo gana la competencia de gritos. Es un hombre con un gorro de los Yankees; viste jeans y una polera blanca que parece nueva. Con algo de nervios espera a que le pasen el micrófono, y habla:

–Señor King, primero muchas gracias por esta noche. Me preguntaba si siente que la edad, a estas alturas, le afecta –se produce un silencio incómodo–. Digo, ¿le afecta en su proceso de escritura el hecho de estar envejeciendo?

Una mujer, detrás de mí, le susurra a su esposo: “Cómo se atreve a preguntarle eso”.

Mientras tanto, en el escenario, King camina de un lado para otro. Responde que lo peor de la vejez ha sido mudarse a Florida. El público ríe.

–Y lo otro es que a veces se me ocurre una idea cuando estoy comenzando un proyecto. Y avanzo un par de páginas hasta que pienso: “Espera, ¡esto ya lo escribí en los años setenta!”.

 

Luego de las preguntas, Stephen King dice algunas palabras finales, se retira y las luces bajan. El final es abrupto. La gente se desespera. Desde los altavoces nos piden quedarnos en nuestros asientos. Irán despachándonos por secciones y cada sección, a su vez, será llevada a un lugar para la entrega de Revival. En mi libreta reviso algunas de las frases que King dijo: “A los lectores, a fin de cuentas, no les interesa tanto el género. Lo que buscan en los libros es una voz”. “Cuando escribo lo paso bien. Solo lo hago si lo paso bien. Si ustedes al leerme también lo pasan bien, misión cumplida”. “Estoy sobrio desde 1987. Durante los noventa tuve un accidente en moto bastante feo. Pero luego de ese accidente... ¡podía tener todas las drogas que quisiese!”.

Media hora más tarde, cuando el teatro está casi vacío, caminamos con el resto de la multitud hacia una suerte de subnivel donde nos dividen en seis filas. En cada fila hay por lo menos veinte personas, una mesa con copias de la novela y una persona encargada de la transacción. Solo esta noche se venderán 1.500 ejemplares de Revival. La escena me recuerda un lugar común: Stephen King es a la literatura lo que la comida rápida a la alimentación. McKing. Un ataque usado en contra –cuando se le acusa de ser un escritor fácil–, pero que el mismo King se lo ha tomado en broma, como apunta en el prólogo de su novela Un saco de huesos: “Soy el equivalente literario de la Big Mac y las papas fritas”.

Es mi turno: un flaco de polera negra, aro en la nariz, mirada antipática, me pasa una copia. “Enjoy”, dice. “Next one, please!”. Salgo del teatro. Afuera la gente comenta si le tocó o no una firma. Solo 300 de las 1.500 copias pasaron por las manos de King. Algunos gritan de alegría; otros abren su libro en silencio y caminan apresurados. Un hombre con parka negra North Face bromea: dice que guardará el libro por lo menos cincuenta años y así pagará la universidad de sus nietos. En verdad me hubiera gustado que King me firmara la copia de El cuerpo que traigo en mi mochila. No me molesta la idea de que, en unos veinte años, tenga en mi biblioteca un libro que valga un buen dinero. Antes de revisar mi copia de Revival tomo unas últimas notas del público. Hay pocas personas que andan a pie. La mayoría maneja y al parecer no vive en la ciudad. Tal vez vuelven a los suburbios, o a una silenciosa casa en medio del bosque. Abro mi copia. Es una primera edición en tapa dura. Reviso las primeras páginas. Busco si hay firma o no.

Sonrío.

 

 

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Antonio Díaz Oliva

Es autor de la investigación Piedra Roja: el mito del Woodstock chileno y de la novela La soga de los muertos.

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