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Ficción

Pajarito

Un cuento del libro "Pajairto" editado por Laguna Libros

 

Ilustración de Natalia Ospina

 

He loves to seat and hear me sing,

Then, laughing, sports and plays with me;

 Then stretches out my golden wing,

And mocks my loss of liberty.

–William Blake

 

Kokorito es un gato de pelo negrísimo, huraño y de siete kilos de peso. Cada cierto tiempo trae a la casa, en su hocico respingado, pájaros en agonía o ya muertos. Dicen que los gatos traen animales muertos a las casas de sus dueños como una forma de regalo o de trofeo. Quién sabe. Kokorito nunca se come los pájaros: los tortura, juega con ellos como si jugara con su pelota de lana y al final los deja siempre en mi cama, lugar desde donde últimamente suelo hacer todo, hasta comer.

Kokorito, con sus siete vidas en América y nueve en la península escandinava, me regala la muerte, pero yo ya le he visto la cara varias veces y me basta por ahora.

Sin embargo, a veces creo que mi gato insiste en que debería ver aún más de cerca a la muerte para que no me pese tanto.

Él lo sabe, porque, como ya lo dije, tiene por lo menos siete vidas y ya debe de haber perdido algunas cuando pasó veinte días desaparecido en el invierno polar y un día regresó, abrió la ventana con su pata derecha, como acostumbra hacerlo, bebió un poco de agua y durmió casi por dos días en mi cama; luego se levantó, maulló y empezó una nueva vida.

Intuyo también que Kokorito intenta darme un regalo único y extraordinario, pretendiendo que contemple las agonías de esos animales tan pequeños y frágiles y que todo sea un gerundio de latidos, respiraciones, movimientos que se vuelven de pronto pretéritos indefinidos para siempre. Quizá se empeña en que entienda y aprecie (en todo el sentido de la palabra) que ese preciso segundo en que la vida desaparece es único en todo ser vivo y no puede repetirse más.

Cuando encuentro a estos animalitos muertos, que generalmente son pájaros, lo que suelo hacer es buscar un kleenex o una servilleta de papel, y escojo cuidadosamente el color, como si les escogiera la mortaja, para luego enterrarlos o esconderlos entre las hojas secas y los abedules. Cuando están en agonía, los envuelvo en papel de cocina ligeramente húmedo y les dejo la cabeza al descubierto para que respiren. Los caliento entre mis manos, les limpio la sangre, les acaricio la cabeza y trato de abrirles el pico.

La línea 2 que parte desde Øvre Hunstadmoen es la única que me lleva al centro de Bodø y pasa exactamente cada veintisiete minutos a partir de las seis de la mañana. Siempre me sucede que llego muy temprano a las citas;
si tomara más tarde o perdiera ese autobús, siempre llegaría tarde.

Hoy, antes de salir hacia el paradero de Øvre Hunstadmoen con los minutos justos para llegar al centro puntualmente, he visto un pajarito moribundo escondido en un rincón del pasillo, cerca del lugar donde dejo mis bolsos y chaquetas cuando llego a casa. No puedo dejarlo allí muriendo e irme, tampoco puedo perder el bus. Voy a la cocina, humedezco con agua tibia el papel toalla, lo recojo y me lo guardo en el bolsillo derecho del abrigo. Salgo de casa corriendo.

Al abordar el bus, el chofer observa que solo uso la mano izquierda con mucha dificultad para abrir mi bolso, sacar mi monedero y pagar el pasaje. Observa mi torpeza para maniobrar con una sola mano y repara en que mantengo la otra en el bolsillo de mi abrigo. Sabrá ahora que algo me traigo entre manos, escondido en el bolsillo derecho: una navaja, un teléfono, mi puño congelado o quién sabe; quizá sepa que llevo un pajarito agonizando o ya muerto.

Los noruegos suelen quitarse el abrigo inmediatamente después de ingresar a un lugar cerrado, pues todos tienen calefacción. Si es un lugar familiar, además del abrigo también se quitan los zapatos. Hay perchas empachadas de abrigos y chaquetas como hombres inmensos, con guantes y gorros; otras están fijas en la pared en una línea, una fila de hombres y mujeres colgados, desollados, muertos como las reses aún enteras y despellejadas del matadero.

En una entrevista de trabajo para obtener el puesto de asesora de proyectos del Departamento de Cultura, es mala señal no quitarse el abrigo al entrar a la oficina y saludar al entrevistador, pues eso demuestra que no eres una persona abierta, que llevas una coraza y que por debajo de ella habrá varias capas que el entrevistador no podrá ver, pero quizás sí podrá imaginar. Si no te quitas el abrigo, el entrevistador imaginaría todas las capas de tu personalidad hasta llegar al color del sostén que llevas puesto y no necesariamente imaginará las cualidades y el sostén adecuado para obtener el cargo. Con esa coraza te presentas como un armadillo, una tortuga o un puercoespín que no se comunica, que esconde la cabeza y muestra las púas, que va lento y todo esto no sirve para este caso; pero yo le sonrío, eso ayuda según los consejos para lograr una buena impresión en una entrevista de trabajo. Sonrío, pero sin exagerar, o parecería nerviosa. Mi dentadura es blanca y mí sonrisa ganó una vez un concurso que organizó mi dentista. Me premiaron con veinte cubos de pasta dental y tabletas de flúor.

El entrevistador me sonríe también y ahora soy consciente de que tengo que usar otras partes de mi cuerpo para darle una buena impresión, pero sigo con la mano derecha metida en el bolsillo del abrigo y ha llegado el momento de estrecharnos las manos.

Aquí puedo hacer dos cosas. Si le estrechase la mano al entrevistador con la izquierda, y sin sacar la derecha del abrigo, pensaría que soy extraña y que escondo algo. Puede también que anote que soy arrogante, pues espero que el otro use la mano izquierda para devolver el saludo, y el estrecharse las manos es un gesto universal que se hace con la mano derecha. Lo otro que podría hacer sería sacar la derecha del bolsillo con mucho cuidado y ofrecerle mi mano tibia y húmeda, con gérmenes de un pájaro que quizá ya esté muerto, arriesgándome a dejar en su mano restos muy finos pero visibles de plumas amarillas, y eso no sé cómo podría ser anotado en mi perfil como aspirante al puesto. Al final, decido darle la mano derecha con un firme apretón y eso parece darme un punto a favor, aunque le haya dejado la mano húmeda, con bacterias y babas de mi gato, con pelusas de papel de cocina, pelillos y quizá sangre de pájaro.

El entrevistador habla mientras fija la vista en mi currículum que está deshojado sobre el escritorio. Quizá no le importe que lleve puesto el abrigo porque tiene un tic, o no sé, pero abre bien los ojos y levanta las cejas mientras me habla y seguramente puede verme en capas y saber con certeza el color de mi sostén.

Para que no me dé la mirada que me dio el chofer en la mañana por esconder solo una mano en el bolsillo, escondo las dos. Va a pensar que soy tímida y que estoy asustada, pero sus gestos no cambian, sigue hablando y abriendo los ojos y levantando las cejas como si estuviera observándolo todo con sorpresa y a la vez con indiferencia.

–Hoy hace mucho frío –le digo.

Es verdad. Mi comentario es sincero y no es desatinado, pues lo suelto cuando hacemos una pausa y él me ofrece un café.

Cuando vuelve con el café, espero que él dé el primer sorbo. Hace ruido al tragar y luego toma aire. Intuyo que se ha quemado el velo del paladar porque ya no abre tanto los ojos.

–Veo que es usted una persona cualificada y parece estar lista para asumir la responsabilidad de este puesto. Confío en que estando en el cargo manejaría los proyectos con cuidado y de una manera distinta. Buscamos una persona que sea cautelosa y consciente de que el presupuesto asignado para los proyectos culturales ha sido reducido este año.

Con esto que me acaba de decir asumo que el puesto es mío. Me emociono y aprieto los puños dentro de los bolsillos. Uso la mano derecha para tomar el café y seguir el ritual de un-sorbo-tú­-un-sorbo-yo.

Mi mano se calienta al contacto con la taza y vuelve así a la incubadora de pájaros, y es entonces cuando siento que algo se mueve: el pájaro ha revivido y probablemente quiera salir volando en el preciso instante en que el resultado de la entrevista se muestra muy a mi favor.

–Solo me queda una pregunta –dice el funcionario–, ¿por qué cree usted que deberíamos contratarla?

–Porque soy buena para cargar otras vidas conmigo.

–¿Qué quiere decir?

–Bueno, en lo cultural, fíjese: si se me encomendara organizar la Semana Filarmónica, tendría que cargar con los clásicos que están muertos pero que a la vez están vivos. Chopin, por ejemplo, está vivo y usted lo sabe; luego llega alguien como Argerich, y Chopin, que estaba muerto, revive y vuela por el auditorio. Además, para trabajar en estos proyectos hay que cargar con la vida de cada uno de los integrantes de la orquesta, los coros, los dirigentes... Todos tienen una vida que cargan además de sus instrumentos.

–Entiendo. ¿Y me podría explicar cómo fue que cargó vidas en el plano laboral durante su último trabajo?

Y lo que sucede ahora es que ya no puedo explicarle más cosas porque siento en el tacto unos aleteos firmes que casi me abren la mano. Así que saco al pajarito de mi bolsillo, lo desenvuelvo del papel y lo pongo sobre mi currículum esparcido en el escritorio. El pajarillo está herido. El papel en el que estuvo envuelto tiene una mancha de sanguaza, pero está vivo.

Camina sobre mi currículum, sobre los idiomas que domino, de pronto se caga en mi experiencia laboral y me va reconociendo. Se posa sobre mis datos personales y se queda quieto. Lo cojo con cuidado y reviso sus alas, las extiendo una por una; son muy frágiles, pero están intactas.

–Es un kjøtmeis de pecho amarillo. ¿Ve? Lo saqué de la casa moribundo justo antes de venir aquí y he pasado la entrevista pensando en este puesto tan importante en mi vida laboral, en los clásicos muertos que tendré que cargar, en los vivos a quienes tendré que acoger y organizar, pero también he pensado en la vida del pajarillo. Con esto quiero decirle que otra de mis cualidades para el puesto es mantener la calma y saber trabajar bajo presión.

El pajarillo se reconoce vivo. Da saltos sobre el escritorio y vuela. Vuela por las oficinas de la administración comunal, se estrella contra las pantallas de las computadoras, se caga en los presupuestos que salen de la impresora, se posa en lo alto de los archivadores y parece que divisa a todo el Departamento de Administración Comunal con la postura altiva que solo tendría un sobreviviente de colores. Espera unos segundos y vuelve a alzar vuelo. Todos los burócratas lo miran desde sus cubículos, girando sus sillas ergonómicas, pero nadie se pone de pie. La mayoría de ellos se quedan quietos y siguen el vuelo del pájaro admirados y con una ligera sonrisa, pero también hay varios fastidiados que vuelven los ojos a las pantallas de las computadoras y se protegen la cabeza y la cara con hojas de papel bond a4.

El entrevistador y yo entendemos que es el momento de abrir las ventanas de par en par.

El pajarillo siente el aire helado de febrero que entra en las oficinas y así encuentra el camino a la libertad. Desde la fotocopiadora, levanta vuelo y sale como una ráfaga por una de las ventanas. El local se ha enfriado, todo vuelve a ser como antes y yo también vuelvo a la oficina, a terminar el café y a cerrar la entrevista.

El entrevistador se despide, esta vez sin estrecharme la mano. Esto no debería significar nada, pues es típico de los noruegos evitar el contacto físico al saludarse o despedirse. Vuelve a su gesto de abrir los ojos y levantar las cejas. Dice que me llamará y yo le creo. Le sonrío.

Mientras camino de vuelta a casa, veo muchos pájaros de distintos tipos, pero busco a aquel que me acompañó en la entrevista. Le quisiera dar las gracias. A veces conviene andar llevando animales moribundos consigo, mantener las manos en los bolsillos y nunca quitarse el abrigo.
Ilustración de Natalia Ospina

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Claudia Ulloa

(Lima, 1979). Estudió turismo en Perú y la maestría en filología española de la Universidad de Tromsø. Vive en Noruega y tiene un gato. @ulloadonoso en Twitter.

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