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Ensayo

Tres piedritas hepáticas

De manufactura muy diversa, pero igual de encantadora, este trío de ensayos aborda la música, el cine y el sentido del gusto (incluyendo el gusto por el arte) con un ingenio prodigioso. Un conjunto lleno de placeres anecdóticos para el curioso y formales para el esteta.

 

 

Digesto

A Margo Glantz, autora del epílogo.

Epígrafe. “Si tu gusto gustara del gusto que gusta mi gusto, mi gusto gustaría del gusto que gusta tu gusto. Pero como tu gusto no gusta del gusto que gusta mi gusto, mi gusto no gusta del gusto que gusta tu gusto”.

Oda. Admirable la gente que soporta con estoicismo y valentía, incluso con orgullo, el fardo de herencias familiares como la obesidad, el pequeño negocio a punto de la bancarrota, las carreras técnicas, la carga de unos primos segundos perdidos en el alcohol, el arsenal de figuras despintadas de cerámica en cajas de cartón, las copias de retratos de payasitos que lloran inconsolablemente tras un marco de hoja de oro descarapelado.

Aún más admirables los hombres que pueden, a su vez, admirar a la gente que soporta la cruz del mal gusto en sus vidas. Y digo “aún más admirables” porque el papel de quienes pretenden diferenciar entre buen y mal gusto no es enfrentarlos, sino reconciliarlos. Alguien más o menos enterado de la engañosa simetría axial del arte, que separa lo vulgar y lo sublime con arbitraria suficiencia, debería celebrar a aquellos que no pueden distinguir entre ambos y que, sin saberlo, han escapado a los relativismos; que, por distracción o desconocimiento, han llegado al oasis de una síntesis que los “conocedores”, en su Sahara de tesis y antítesis, tachan de espejismo.

Aforismo. Dicen que el buen gusto se hereda. ¿Acaso el mal gusto quedó estéril e intestado?

Crónica. A veces olvidamos que nuestro tiempo se encargó de borrar las fronteras entre buen y mal gusto. Las advertencias que sobre los peligros de lo kitsch hicieron Adorno, Broch y Greenberg quedaron en pataletas de vinagrillo. La naturaleza del camp, que Sontag estudió, fue depredada. El kitsch no es más un objeto estético pobremente manufacturado para aliviar la culpa de los nuevos ricos alemanes en materia de rezago cultural. El camp no es más una “tentativa falsa de identidad” (Sontag) del arte que se aproxima con ironía y exageración a la historia inmediata que lo ve nacer.

Hace tiempo sucumbimos a la tentación de tener lo mejor y lo peor de dos mundos. Su consecuencia está a la vista: desconocemos ...

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Hernán Bravo Varela

(Ciudad de México, 1979) Poeta, ensayista, traductor y profesor universitario. Es colaborador habitual de Letras Libres. Su último libro se titula Ectoplasmas: cuatro elegías estadounidenses (2017).

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