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Reseñas

Los ojos de Ana Brun

en Las herederas de Marcelo Martinessi

Segunda reseña de nuestro editor encubierto para el #PuroVoltajeFICCI58

 

A Christopher Nolan una vez le preguntaron por qué había desperdiciado a un actor como Tom Hardy en el papel de un piloto de la RAF, que durante el 99% de Dunkerque está sentado en una estrecha cabina con una máscara de aviador ocultándole casi todo el rostro, menos los ojos. Y Nolan respondió: “Lo que Tom puede representar con un solo ojo supera por mucho lo que cualquier otro hubiera podido hacer con todo el cuerpo”. Eso también se aplica para Ana Brun, que en Las herederas ofrece una actuación conmovedora usando, sobre todo, un par de ojazos expresivos que complementan los diálogos lacónicos de un guion muy económico.

El banco al que Chiqui le debe dinero la ha acusado de fraude. La mujer enfrenta tiempo en la cárcel y, sin embargo, su principal preocupación en este momento es enseñarle a la empleada que en su ausenciase ocupará de su pareja, Chela (Ana Brun), la forma correcta de disponer el café, el agua con hielo, la Coca de dieta y el organizador de pastillas en una bandejita de plata. Pero su afán no es frívolo sino práctico. Durante décadas, se ha encargado de cuidar a Chela, de consentirla, ser indulgente y solucionar lo que debe ser solucionado en una casa que, con el pasar de los minutos, se va vaciando de muebles costosos y objetos que marcan el estatus perdido al que la protagonista se aferra. Y es solo con ese autodespojo obligado y con la lejanía de Chiqui, que Chela se va apropiando de la pantalla y de su verdadero rol.

En esta película de mujeres los pocos hombres que aparecen solo lo hacen en roles terciarios y apenas por las esquinas, emborronados por el desenfoque de la cámara. Es un mundo de señoras que se siente verdadero, desde sus capas más altas, hasta los corredores de la cárcel femenina donde recluyen provisionalmente a Chiqui. El chisme es un elemento cómico pero esencial, encargado en Pituca, la anciana que poco a poco va convirtiendo a Chela en la chofer privada de un grupo de ancianas aún mayores que ella, y todavía ricas, que matan el ocio reuniéndose a jugar cartas. Es así como Chela conoce por casualidad a Angy, la hija de mediana edad de una de esas mujeres. Ella fomentará un recién adquirido gusto por conducir, cuidar de su apariencia, salir de casa y ganar dinero por sí misma, en lugar de limitarse a vender los restos de su patrimonio familiar. Además, enciende una olvidada ansia sexual en la protagonista. Todo es interpretado por Brun con la contención e intensidad de una piloto de la RAF amarrada a su cabina y con una máscara que le cubre parte del rostro (metafóricamente, claro).

El contrapunto es la cárcel, donde Chiqui parece encontrar mayor libertad que en la casa señorial que compartía con su pareja y donde, de manera inesperada, se acomoda rápidamente llegando a influir en la vida de las internas.

Asombra la sensibilidad y el criterio con que Martinessi se acerca a una relación amorosa y a las pasiones del grupo de ancianas. Esta serena, entretenida y sensible película podría tener espacio incluso en las salas de cine comercial por su buen ritmo, sus personajes carismáticos, su guion entrañable y sus excelentes actuaciones. Es una forma refrescante de presentar asuntos LGBTI, sin énfasis ni la necesidad de producir un shock continuo en el espectador. Por momentos recuerda el excelente documental francés Les invisibles (2012). Como este, despliega las relaciones sentimentales y el sutil o frustrante erotismo de los viejos, tomándose la delicadeza de explorar sus personajes en lugar de limitarse a crear arquetipos que sirvan para comunicar una declaración de principios.

Y también están los ojos de Ana Brun.


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Karim Ganem Maloof

Abogado y literato, becario de la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano. Es el editor de la revista El Malpensante.

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