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Editor Korazón

Editor Korazón, formúleme un poema

Cuarta entrega para el "Editor Korazón" 

Es preocupante, bueno, no es preocupante, ¿incómodo, tal vez?... no, tampoco es incómodo. No encuentro la palabra precisa, me la quitó una canción floja de Silvio Rodríguez. ¡Ya sé! ¡Monótono! Sí, es monótono andarme encontrando con poemas prefabricados y recientemente me topé con uno en sus páginas: “Darle un libro de poesía a Juan Villoro”, de Santiago Rodas, en la edición 194. Pero más monótono es seguirlos leyendo después de haber descubierto el método de prefactura, una fórmula básica que ahora usa la mayoría de poetas, por lo menos colombianos, que son de los que tengo noticia, sean jóvenes o no, sean laureados o no, sean de calle o no, sean poetas o no. Le escribo, Editor Korazón, con la fórmula para hacer poesía porque quiero patentarla y publicar el resultado de aplicarla, que de seguro (como ya he comprobado) encajará en la revista.

1. Para titular el poema basta con tomar al azar y sin criterio aparente algún elemento de cualquier estrofa. Adiós a la intriga, la trampa, el engaño y la artimaña con los que alguna vez nos acercamos a un Trilce o a La valija de fuego (ambos títulos emblemáticos que lo dejaban a uno perdido y desconcertado); hoy los poetas rebosan honestidad y franqueza. Pongámosle a nuestro poema “El perro y el pan”.

2. Ahora el poema. Debe iniciar con una escena cotidiana. Digamos, una caminata, mirar por la ventana, un momento en un sillón viendo un partido de fútbol o una serie de Netflix. Por ejemplo, escriba algo así, ojalá en itálicas: Viernes 8 a.m., salgo a la calle de las panaderías. Luego en la siguiente estrofa se añade algo de movimiento, un coqueteo fallido con la prosa, una reflexión frustrada y no menos prefabricada sobre un asunto banal pero con afanes trascendentales y líricos: Mientras camino con la bolsa del pan me pregunto si la vida / nos mete goles como el de Cristiano Ronaldo a Gianluigi Buffon / me como un pan y vuelvo a sufrir con esa chilena / sigo caminando y el día se divide en sombras y policía.

3. El humor. No puede faltar la nota de ingenuidad popular o de picardía coja; es más, en el peor de los casos, algo lastimero que produzca una sonrisa de compasiva complicidad en el lector. Por lo general esta función la cumple un chiste llano y predecible, por ejemplo: Me imagino siendo Cristiano Ronaldo, / y me amas con una felicidad acojonante / te das cuenta de que mis poemas son como goles de chilena / y te quedas con tu gesto de arquera suicida.

4. Es fundamental

   escalonar

       y versar

          cada

               palabra

                  si no cada

                      párrafo

                          para dar

                               la impresión

                                    de que su

                                        monólogo

                                            mediocre

                                              es un poema.

5. La nota desaliñada. Ese desasosiego un poco Pessoa un poco Benedetti, condimentado con especias de cultura pop. Todo termina de esta forma: Pero luego miro mi altura llena de nada / mis pasos tan tuyos que se van / y con ellos, la contraseña de Netflix / un perro me orina y pienso que si algún día Cristiano Ronaldo fue a la panadería caminando / habrá pensando lo mismo que yo, pero en portugués.

6. Diplomas. Los autores de estas obras suelen tener pregrado, maestría y hasta doctorado en fabricación y confección de poemas. Poetas de cartón con puesto fijo en alguna institución endogámica, de esas dedicadas a producir en serie más escritores del mismo estilo. Estos mismos doctores cierran el poema con sus rimbombantes biografías y exitosas cuentas de Twitter, la red social por donde botan a mansalva versos y toda esa sabiduría que un editor responsable no se atrevería a publicar.

Editor Korazón, ya podemos formular poemas.

 

—Rosalba Camacho

 

 

 

POEMAS  POEMILES

Querida Rosalba, gracias por tu fórmula, pero no te mortifiques. Felicitaciones: si algo demuestra tu carta es que tienes habilidades para componer recetas, y que estas no tienen que ser monótonas. Puede que seas algo así como una poeta vergonzante. Tal vez alguna estrofa de tu queja hubiera podido pasar por haikú popular en vez de parodia, y haber encontrado lugar en otra sección de la revista, como esa última en la que el narrador se mete en la cabeza de alguien cuyo idioma desconoce. Audaz y bello sostener que algo pasa por la mente de un futbolista.

La diatriba del cuarto punto de tu carta me recuerda eso que llaman “sonetos sonetiles”, un género en sí mismo, que muchos conocen por una pieza que Lope de Vega coló en su comedia La niña de plata:

Un soneto me manda hacer Violante
que en mi vida me he visto en tanto aprieto;
catorce versos dicen que es soneto;
burla burlando van los tres delante.

Yo pensé que no hallara consonante,
y estoy a la mitad de otro cuarteto;
mas si me veo en el primer terceto,
no hay cosa en los cuartetos que me espante.

Por el primer terceto voy entrando,
y parece que entré con pie derecho,
pues fin con este verso le voy dando.

Ya estoy en el segundo, y aun sospecho
que voy los trece versos acabando;
contad si son catorce, y está hecho.

Parece que la tal Violante del primer verso era más un ripio que una dama, aunque eso no afecta la intención didáctica y humorística del soneto –en eso, guardando las distancias, se asemeja a tu escalerita–. Pero aunque ese puede ser el más popular y conocido, hay exponentes más antiguos de estos instructivos venerables, como uno del poeta toscano Pieraccio Tedaldi (c. 1285-1353), que no pongo aquí por la dificultad de traducirlo en el correcorre del cierre de edición, y fundamentalmente porque no sé italiano. Es divertida esa tradición de juegos esquemáticos sobre el esquema que es un soneto. Se dice que Lope debió conocer el coqueteo de fondo y forma que había hecho antes Tedaldi, el cual quizás imitó con su poema para Violante. Rosalba, puede que para la construcción de tu fórmula te hayas inspirado en la de Lope, o en “Alfa y Omega” de Manuel Machado, o tal vez en un producto más local, como el “Soneto al revés” de Ricardo Carrasquilla, o el ensayo “Sonetos sobre el soneto” de Vicente Pérez Silva, que remata con la dilución esencial de un manual para componer tercetos:

Qué!

So ............... No

ne- ................ lo

to? .............. ves?

 

Yo

me ................. Ya

me- ................. es

to .................. tá.

Pero volvamos al tema: inspiración, imitación y fórmula, qué cosas tan fácilmente confundibles. La primera es el grado básico de acercamiento a la obra admirada; la segunda, un proceso necesario en la consolidación del estilo propio; la tercera, la parálisis de quienes se estancan en el modelo, ya sea propio o ajeno, que les dio réditos alguna vez.

Quiero creer que en esta revista no publicamos poemas por adecuarse a las formas sino por el efecto que causan: aquellos que transmiten ese algo inefable –tan difícil de describir y que no tiene que ver con ningún recetario–, que constituye la poesía. Eso hace difícil que nos engañen intencionalmente, pero, paradójicamente, también nos hace proclives al autoengaño y berracamente caprichosos... La belleza o la capacidad de un texto para conmover dependen de ese algo que los poetas comparten con los chefs, y que muy sabiamente denominamos “buena mano” cuando elegimos un peluquero. Y, para este equipo editorial, un anuncio de pasta dental puede llegar a ser más poético que algunas piezas del mismo Lope.

 

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Lina Alonso

Hace parte del equipo editorial de El Malpensante. Ha colaborado con Vice, Razón Pública y El Espectador.

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