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El Malpensante

Breviario

La vida jugada a una carta

Cuando se escribe para elaborar una geografía propia, siempre se corre el riesgo de perderse. Sin embargo, el escritor argentino Emilio Renzi se las ingenió para dejar un rastro de migas en el inmenso bosque de sus diarios; rastro que sirve para encontrar a su álter ego real, Ricardo Piglia, y entender ciertos rasgos de su personalidad y del conjunto de su obra.

 

Ilustración de Natalia Ospina Meléndez

Soy racional con la literatura e irracional en mi relación con la literatura. 

¿Toda la vida es un proceso de demolición?

Ricardo Piglia

La apuesta

En sus inicios como escritor, Ricardo Piglia apostó su futuro a una sola carta: la literatura. Construyó un doble, Emilio Renzi, y dejó que este repartiera la baraja. Los diarios de Emilio Renzi son al tiempo la crónica tenaz de esta partida y su resultado.

“Toda decisión nace de una ilusión”, escribió Piglia. Siendo muy joven, el autor en ciernes convirtió esta esperanza en un mandato y en una aspiración irrevocable: registrar en una serie de cuadernos fechados la sucesión de los trabajos y los días para convertirse en escritor.

Los diarios fueron al principio una tentativa: “Podrán ser vistos como el proyecto de alguien que primero decide ser escritor y luego empieza a escribir, antes que nada, una serie de cuadernos en los que registra su fidelidad a esa posición imaginaria”. Lentamente se fueron convirtiendo en un ejercicio para dar sentido a los días, los meses y los años, y en una sustitución de la memoria para “no vivir la experiencia más que por escrito”. Vivir para ver y después escribir lo vivido y lo visto: esa fue la consigna.

En 327 cuadernos manuscritos, publicados recientemente por Anagrama en tres volúmenes (Años de formación, Los años felices y Un día en la vida) que suman más de mil páginas y abarcan casi sesenta años (de 1957 a 2015, así como sus últimos meses en Princeton y su regreso a Buenos Aires), Piglia se fabricó un prontuario personal para no permitir que nada se escapase. El autor argentino apuntó visiones instantáneas, interacciones, posturas, opiniones, batallas, desilusiones, derrotas, inclinaciones, ilusorias conquistas, inquietudes y falsas encrucijadas para que Renzi las viviera por él. En el proceso encontró algunas constantes.

Lectura

La lectura fue una de esas constantes. A los tres años, en el umbral de su casa en Adrogué, Renzi sostenía un volumen abierto sobre las rodillas. Una larga sombra se inclinó sobre él y le dijo que tenía el libro al revés. “Pienso que debe haber sido Borges”. A los dieciséis años se enamoró de una joven llamada Elena. Una tarde ella le preguntó qué estaba leyendo. “Yo, que no había leído nada significativo desde la época del libro al revés, me acordé de que había visto, en la vidriera de una librería, La peste de Camus”. Renzi compró el libro y lo leyó en una noche para informar a Elena. “Puedo decir que escribí este diario para Elena, aunque nunca lo supo. Ella me pidió un libro que yo había leído y de inmediato pensé ser un escritor para ella”. En sus años de juventud descubrió la literatura, perfiló sus convicciones y anotó en su primera entrada, un miércoles de 1957: “Todo lo que hago me parece que lo hago por última vez”.

Escritura

En adelante no hizo más que seguir un sueño dirigido, la escritura, al tiempo que se preguntaba por las razones para hacerlo: “Uno ‘decide’ ser un escritor y luego se las arregla solo para llegar a ser lo que ha dicho que era”. Escribir no era para Renzi una vocación, parecía más bien una adicción: Todo o nada fue el título tentativo que el autor habría querido darle a sus diarios. Dejó de lado las coartadas (un trabajo seguro, una familia), se impuso un código y organizó su vida en función de un futuro incierto y de un oficio que nunca fue del todo satisfactorio: “Escribir es tan difícil, hace falta tanta paciencia que, de haberlo sabido, en 1960 habría elegido otro camino”. Todo lo que vendría a continuación sería nuevo.

Autores

Para guiarse, buscó en la lectura de otros autores las combinaciones y los sacrificios del oficio. Registró lo que para él era lo esencial y lo superficial del estilo de cada uno, tratando de encontrar la sustancia de la originalidad. Muchas de las entradas de los diarios son apuntes sobre libros que le sirvieron como puntos cardinales. En El oficio de vivir, Cesare Pavese escribió: “Lo que tememos más secretamente siempre ocurre”, sentencia que Renzi anotó como un presagio. Leyó a Hemingway, quien dijo que con el Ulises de Joyce la literatura había llegado a un punto límite: había que empezar de nuevo. Leyó a Faulkner, a Beckett y a Fitzgerald, como Pavese, escritores que eran autoridades en el arte de narrar el fracaso. El mejor Raymond Chandler, apuntó Renzi, es tan bueno como Borges. En su entrada de un domingo de 1968 escribió: “Lo mejor ayer el descubrimiento de Doris Lessing, una escritora lateral, como nosotros”. Leyó y nunca dejó de hacerlo. Cada libro era la historia de sus posibilidades y una cavilación sobre esa historia, así como la idea de un proyecto en ciernes. Para muestra, la siguiente entrada:

La primera traducción al chino del Quijote fue obra del escritor Lin Shu y de su ayudante Chen Jialin. Como Lin Shu no conocía ninguna lengua extranjera, su ayudante lo visitaba todas las tardes y le contaba episodios de la novela de Cervantes. Lin Shu la traducía a partir de ese relato. Publicada en 1922, con el título de La historia de un caballero loco, la obra fue recibida como un gran acontecimiento en la historia de la traducción literaria en China. Sería interesante traducir al castellano esa versión china del Quijote. Por mi parte, me gustaría escribir un relato acerca de las conversaciones entre Lin Shu y su ayudante Chen Jialin mientras trabajan en su transcripción imaginaria del Quijote.

Oficio compartido

En sus cuadernos, los días fueron también el encuentro con otros escritores, o en algún caso su tímida aproximación. Visitó por primera vez una feria del libro para conocer a Juan Rulfo. “Está ahí, como alejado de todo, toma Coca-Cola sin cesar y firma libros. No me decido a hablarle, me quedo un rato y solo lo observo”. Conoció a Virgilio Piñera en un hotel de La Habana. “Salgamos al jardín –le dijo a Renzi–. Estoy lleno de micrófonos, están escuchando lo que digo”. Manuel Puig fue su amigo cercano. “No puedo leer novelas, porque las corrijo”, le confesó Puig, lo que a Renzi le pareció una excelente definición de la lectura de un escritor: aquel que lee todos los libros como si fueran propios y no estuvieran terminados. En una entrada narró el precio que Augusto Roa Bastos, su confidente, pagó por su novela más celebrada: “Pasa un año en una casa de Mar del Plata, sin hacer otra cosa que escribir, viviendo a pescado y sin plata. Se levantaba a las cinco de la mañana y tomó anfetaminas durante seis meses hasta terminar Yo el Supremo (y ganarse un infarto)”. A Umberto Eco lo conoció en una visita del autor italiano a Buenos Aires, y apuntó: “Superficial, un turista”. El 10 de febrero de 1971 anotó: “Ayer en la editorial recibí una carta de Sartre: increíble”.

Autor Renzi

Renzi también lo intentó. Los cuadernos son un laboratorio de literatura en donde el autor bosquejó tentativas. Los libros de Piglia nacieron en este diario como ideas que no acababan de cuajar, estructuras que a veces morían en el intento de narrar una historia. Se convirtieron en frustraciones, proyectos que naufragaban en la orilla. Solo unos pocos maduraron a partir de su estado embrionario e imperfecto, y se publicaron: La invasión, Nombre falso, Prisión perpetua, Plata quemada, Respiración artificial y La ciudad ausente son algunos de los títulos que testimoniaron su obstinación. Todos esos libros de Piglia fueron elogiados, pero Renzi no lo entendió ni lo aceptó. En escribirlos se les había ido la vida a ambos y cuando recibían las pruebas, decepcionados y ausentes, no querían saber ya nada al respecto. A pesar de esto, persistieron. La suerte estaba echada, había que imponerse la disciplina: “Un modo como cualquier otro de ordenar las pasiones”.

Caminos

Renzi escogió vivir una sola vida. Liquidó las posibilidades restantes y las sometió a su proyecto. Se dio cuenta de que los otros, amigos, familia, parejas, habían sido todo lo que él se resistió a ser. Renzi quiso escapar de toda obligación que no fuera literaria: “La literatura es lo contrario de la vida y esa es su virtud”. Rechazó la paternidad: “Concluí que la decisión que tomé hace diez años era la mejor, nada de familia”. Y la posibilidad de una estabilidad económica: “Un futuro incierto pero no muy distinto al de los años anteriores. Una economía personal siempre en crisis”. Abandonó aquello que perteneciera a un mundo que no era el suyo: “Un condenado a cadena perpetua, enterrado en una celda que da al río, gozando de ciertos privilegios (cine, bares con amigos, una mujer). Eso soy. No debo esperar nada que no venga de la misma soledad”.

Sobrevivió como pudo y se independizó desde muy joven. Trabajó para Emilio, su abuelo, y recibió su primer sueldo. Como Renzi, Emilio temía perder la memoria y por eso encargó a su nieto ordenar su vida y sus documentos: “En un cuarto estaban los mapas y los planos de las batallas; en otro tenía las vitrinas y las mesas cubiertas con las cartas de la guerra; en otros, cientos de libros dedicados exclusivamente a la conflagración mundial de 1914-1918. Había peleado en el frente de los Alpes, lo habían herido en el pecho y su amigo y compañero le había salvado la vida a costa de perder un brazo”. Muchos de esos documentos los obtuvo en la sección de cartas de los soldados muertos o desaparecidos en combate, de la oficina postal del Segundo Ejército italiano, donde Emilio debía reunir los objetos personales de estos y enviarlos con una carta de pésame a los deudos. Por ese entonces, Renzi abandonó Adrogué para estudiar historia en Mar del Plata. Fue profesor y obtuvo ingresos inciertos como lector profesional: “Me gano la vida como editor o, mejor dicho, como director de colecciones”. Dio clases de filosofía, psicoanálisis y literatura, y en 1996 partió a Estados Unidos, donde fue catedrático en Princeton y Harvard durante quince años. Volvió a Buenos Aires en 2011 con la decisión definitiva de transcribir y publicar sus diarios.

Balance

Renzi se convirtió en detective de sí mismo. Al transcribir los cuadernos descubrió patrones. Se percató de la insistencia de ciertos motivos y estados del alma. Registró acciones mínimas y cotidianas que se repetían en medio del caos y las ordenó cronológicamente: “Si observamos desde un mirador la reproducción de lo mismo, no hace falta nada para extraer una sucesión, una forma común, incluso un sentido”. Sus diarios, hechos con el material de los días, le sirvieron como refugio. Lo apostó todo por un proyecto metódico y deliberado no exento de incertidumbre: “¿Toda mi sorda ambición tendrá respuesta?”.

En uno de sus cuadernos, Renzi anotó: “Liquidación y balance era la fórmula de los negocios del barrio, sobre todo a fin de año. Usaré ese procedimiento en mi vida personal”. ¿Cómo liquidar la lectura de sus diarios? La respuesta depende siempre de la perspectiva. “¿Y si lo mejor que yo he escrito, y si lo mejor que yo escribiré en mi vida, fueran estas notas, estos fragmentos, en los que registro que nunca alcanzo a escribir como quisiera?”. Se trate de un anhelo, una sospecha o un temor, y ocupen el lugar que ocupen estos cuadernos en la inestimable obra de Piglia, la apuesta fue alta y el premio no fue otro para Renzi que el de apreciar levemente el destello de un sentido.

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Felipe Jaramillo Gómez

Abogado con maestría en literatura, radicado en Barcelona, donde trabaja como editor de mesa. Ha colaborado para medios como El Espectador, Arcadia y El Colombiano.

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