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El Malpensante

Artículo

Un poeta de vacaciones

Un veterano trabajador del lenguaje saca a pasear a la musa.

Ilustración de Cigarra Entinta

 

“En los santos lugares de la pereza merecida”.

 Paul Éluard, El poeta y su sombra

Un poeta puede darle vacaciones a la poesía. Lo que resulta difícil es que ella se las dé a él, pues en ese paréntesis se permite, se anima y hasta se sacraliza el ocio y es cuando más aparecen motivos para irse de urgencia hacia el inocente y blanco papel.

No hablo privativamente de los temas vacacionales que ya son tópicos, como el regreso a la infancia en un río y el arrebato –ni que todos fuéramos Li Bai– de subirse no a una rama del cadmio sino a la sombra de este proyectada en el agua. Un poeta en vacaciones no cede al febril deseo de atrapar imágenes como esta del cadmio para creer cumplido el deber de estar inspirado y boquiabierto.

Y es que –recordemos a Julio Camba– no es lo mismo inventar la flauta que inventar un sentimiento musical en ella, sin el cual no sirve para nada el instrumento. Porque cabe preguntarse si la rosa no logra percibir su propio olor si no se lo revela un poeta, y peor aún si es un narrador minucioso que le otorga a la flor la propiedad de esparcir su aroma con la complicidad del viento. Al viento de seguro esto lo tiene sin cuidado y tal como afirmaba Luis Vidales, “el mar no necesita que le digan que es grande”, para que vengan poetas de la obviedad a recordarlo, a informarles tanto al viento como al mar acerca de su propia naturaleza.

Bueno, pues creo que a este tipo de sosos descubrimientos siempre hay que darles vacaciones. Pero es difícil pasar de largo por asuntos como este: ayer no más, en un bosque de niebla me pareció ver las ramas de un árbol que avanzaban hacia mí –y no soy shakespereano para creer que los bosques caminan– y me quedé más frío que un cuchillo de esquimal. La sorpresa fue ver que no eran ramas andantes las que se movían sino los cuernos de un venado de los que sobreviven en el páramo de Cruz Verde. Si yo corro a escribirlo en un poema, sin respetar que estoy en vacaciones, el sencillo milagro escapa a toda mecha a un estado paradisíaco que nadie lo cree pero existe, un lugar donde las cosas ocurren porque sí. Si me atrevo a describir el pequeño milagro en un poema, de seguro lo empobrezco. Si me las tiro de científico y llamo al animal con el nombre taxonómico de la familia Cervidae a la que le encanta el maíz, quizá resulte bueno como conocimiento general pero en lengua franca más bien resulte un plomazo, una pesadez, un coñazo, diría mi dulce exnovia española.

Aclaremos algo. La diferencia entre un escritor y un escribiente, y más aún si el primero es poeta, es que de alguna manera el escritor siempre está en vacaciones de la estricta realidad y tiene una relación disfuncional con ella, aunque sea un sencillo notario. Recuerdo ahora, y creo que lo envidio, a un poeta colombiano al que llamábamos “el poeta del universo” pues había escrito solamente un verso. El resto de su vida le hizo una siesta a la escritura de ese poema y no volvió a hacer nada gracias a una herencia que recibió de un pariente que jamás leyó un poema en su vida. Y lo peor, lo que más nutría la envidia de sus amigos era que el bendito poema es muy bueno, así que no tuvo tiempo alguno de decaer. También debo decir que el marbete de “poeta del universo” (de un solo verso) se lo debemos al ingenio del pintor Fernando Oramas, que sí trabajó como un poseso.

Ojo, creo que estar en vacaciones no quiere decir vacante, pero si nos ponemos realistas, la causa de tantos (y tantas) aspirantes a poetas, y más aún a novelistas, tiene una relación estrecha con el aumento del desempleo. Valga aclarar que hay una palabra homófona de “vacante” y es la palabra “bacante”, adorador del dios Baco. Es una palabra que se cree que siempre viene adherida a la palabra “artista” y a la ya hueca palabra “bohemia”.

Lewis Carroll, que afirmaba haber escrito Alicia en el País de las Maravillas durante unas vacaciones mentales, nos lleva al terreno del ocio creativo, que es bien distinto al ocio patronal. ¿De qué vacaciones hablaba Carroll? De las que se tomaba a discreción de su cargo de presbítero y de matemático, asuntos que interrumpía para ejercer el de genio literario o tomar fotos un tanto perversas de niñas a las que su lente envejecía, como si este cultor del nonsense hubiera inventado una máquina de ancianizar a su antojo a la ninfa fotografiada.

Para un poeta no es nada nuevo estar en vacaciones, lo que es nuevo es no morir en el intento. Si para los cultos e irónicos esquimales de El país de las sombras largas el ocio creativo tiene que ver con hacer agujeros en el agua; si para los ociosos del bosque de bambués capitaneados por Li Bai la vida es una suerte de vacaciones previas a la muerte, por qué un pobre sujeto como yo no puede decir que aprendió más de geometría en las tardes de domingo sin clases en un billar que de un geómetra griego de nombre Euclides, si mal no recuerdo.

 

Ocio, vacaciones y procrastinar son lo propio del poeta. También lo es el sueño, que algo tiene que ver con darle vacaciones a la razón (no sé qué diría el doctor Freud) y por eso el poeta Saint-Pol-Roux cuando se iba a dormir ponía en el pomo de su puerta un letrerito que decía: “Silencio, el poeta trabaja”.

El no-hacer-nada taoísta es algo sagrado y ningún seguidor de Lao Tse llamaría a esto vagancia sino tratos con el vacío. A mí, personalmente, me cuesta trabajo casi todas las mañanas superar un aforismo de Cioran que dice, con la sabia sencillez del que deja para mañana lo que puede hacer hoy, de esta amodorrada y muelle manera: “Tomo una decisión, la anulo y me acuesto”. Esto me ocurre de manera especial cuando tengo inmediatos deberes que cumplir.

Procrastinar es como hacerle trampas al deber, una forma de ejercer las vacaciones a destiempo. Si de procrastinar se trata, se me viene a la mente la sabia oración de san Agustín que pocas veces invocamos: “Señor, hazme casto, pero todavía no”.

Ahora, para que el poeta tome sus vacaciones a sus anchas cuenta a veces con unos aliados inesperados. Para Aloysius Bertrand, ese emancipador que nos hizo el servicio de liberarnos de la rima al escribir su Gaspar de la Noche y fundar un género anfibio que mezcla el cantar y el contar, el poema en prosa que reafirmará Charles Baudelaire, esa ayuda parecía venir de otra parte y de los pagos del diablo, que según él fue el verdadero autor de su libro. Para Rainer Maria Rilke esa ayuda, ese dictado, venía del soplo de un ángel. Para Federico García Lorca llegaba ante la presencia furtiva del duende. Para Robert Graves, de una diosa blanca. Como quien dice, lo que para los antiguos era la musa, la inspiración, que a lo mejor no sea otra cosa que tener el inconsciente a favor, para estos poetas provenía de una especie de sobrenaturaleza.

Por supuesto, fue otro poeta quien recurrió por primera vez a la expresión “surrealismo”: Guillaume Apollinaire, un gran teórico de las artes plásticas, quien mejor aclarara el asunto de no tomarse tan a pecho el trabajo diario con la palabra. En sus “meditaciones estéticas” tituladas Los pintores cubistas, dice que hay poetas “a quienes dicta sus obras una musa y artistas cuya mano dirige un ser desconocido”.

Pero a veces me parece que esto no es una inequívoca señal de grandeza. La musa puede ser estrábica y dictar poemas fallidos, falsas inspiraciones (juro que no citaré a Benedetti), o dirigir los trazos estereotipados en el lienzo (prometo no hablar de Guayasamín).

Pero sigamos con Apollinaire: los poetas visitados por sus inspiradores fantasmales viven al menos temporadas de vacaciones aun escribiendo, como si fueran simples amanuenses de algo que intuyen y que fluye de manera evidente. Dice el mismo autor de Las tetas de Tiresias que hay una tribu de poetas que parecen no laborar, que “desconocen el cansancio puesto que no trabajan y pueden producir mucho, a todas horas y todos los días”. No son hombres, agrega, “sino instrumentos poéticos o artísticos”. Y pone a Picasso como ejemplo en oposición a los que tienen que trabajar como empleados de sí mismos, como lo hacen tantos enjundiosos novelistas, para lograr tras largas penalidades una obra. Y porque estos obsesos de su obra, tras seis días de laboreo, descansan del camino pedregoso así como el supremo Creador lo hizo al terminar de hacer el mundo y esa broma un tanto esperpéntica que es el hombre. Si Dios tiene, y así parece, un humor negro y cerrero, posiblemente después de crear al hombre se fue a un rincón del Paraíso a reírse. Que los exégetas digan que lo hizo a su imagen y semejanza no negará por parte de Dios una feroz y envidiable autocrítica.

Pero si no quedara claro qué hace un poeta en vacaciones, que al menos sirva de ejemplo este escrito. Un poeta en la placidez de las vacaciones garrapatea dudas. Y a lo mejor, si se anima, cosecha preguntas.

En el fondo, muy en el fondo, saca disculpas para ponerse a leer a otros que sí trabajaron a destajo y sin interrupción para reafirmarse en una frase rilkeana remitida a un joven poeta, en la que se afirma que hay una “vida no vivida de la cual uno puede morir”.

Por ejemplo, es triste morir en el pellejo de Tom King dándose puños en un ring para poner en su precaria mesa un bistec, o de Bartleby, un hombrecito gris que trabajaba en no hacer nada, como un viejo poeta en vacaciones.

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