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El Malpensante

Portafolio gráfico

Warawar wawa

Un fotolibro de River Claure

¿Y si en lugar de en el Sahara, El principito  de Saint-Exupéry transcurriera en los Andes bolivianos? Aquí una reinterpretación fotográfica del clásico universal, que acaba de ser traducido al aymara.

 

En Bolivia el pueblo aymara conforma una décima parte de la población y su lengua aún sigue circulando por las calles. Y aunque la mayoría se ha adaptado al español, hay palabras y términos que no tienen equivalencia en su lengua, por carecer de referente en su cultura. Uno de ellos es la idea del rey o el príncipe. Por eso, cuando emprendimos junto a mi equipo la labor de traducir al aymara el libro universal de Antoine de Saint-Exupéry, optamos por no ser literales en el título ni usar la usual transliteración principitu. Así, dimos con warawar wawa, es decir, un hijo de las estrellas: un niño que proviene de los cielos y que parece ungido por algún tipo de nobleza.

Estuve rumiando la idea por un par de años, mientras completaba en Madrid mis estudios de fotografía. Un día, empecé a leer El principito en el recorrido del metro. No lo leí de niño, pero me conmovió como si lo fuera. A medida que avanzaba en la lectura, me fui dando cuenta de que ese hombrecito rubio, oriundo del asteroide B-612, podía tener otros rasgos físicos con los que yo me identificara más. A su vez, empecé a hacerme preguntas sobre mi condición de boliviano, sobre la identidad andina y mi interés por hacer imágenes que no caigan en los estereotipos recurrentes de lo folclórico, reducido a llamas en las alturas e indígenas mascando hoja de coca emperifollados con telas coloridas. El resultado de esta búsqueda fue el libro Warawar wawa (hijo de las estrellas).

Fue un proceso de casi tres años desde que llegué de España a Bolivia. Allí recibí una beca del Estado boliviano para realizar el proyecto, cosa que tomó un año. Mientras Ruben Hilari Quispe y Martin Canaviri Mamani se encargaron de traducir el texto por primera vez al aymara –hay una traducción previa del libro, hecha por un catedrático limeño, aunque desde el quechua–, con la ayuda de Santiago Escobar-Jaramillo, el editor del proyecto, fui creando mi propia traducción fotográfica del libro.

De hecho –y de esto me enteré hace poco–, la migración de El principito al mundo andino podría tener también un verosimilitud histórica. Antoine de Saint-Exupéry conocía muy bien los Andes. Durante un par de años vivió en Argentina, donde se enamoró de Consuelo Suncín, quien sería su esposa. Luego la convertiría en un personaje de El principito: una rosa arrogante y delicada, que se podía defender de tigres y grandes depredadores con sus espinas, pero que solicitaba el resguardo de biombos y campanas de cristal contra las sacudidas del viento. Saint-Exupéry también plasmó varias de estas experiencias planeando por el sur de América en su novela Vuelo nocturno:

 

Franqueaba apacible la cordillera de los Andes. [...] Sobre doscientos kilómetros de espesor, ni un hombre, ni un hálito de vida, ni un esfuerzo. Solo aristas verticales, que se rozan a seis mil metros de altura; solo capas de piedras desplomándose verticalmente; solo una formidable tranquilidad.

 

 

 

 

No sería descabellado pensar que Saint-Exupéry tuvo en mente el paisaje de los Andes cuando ideó a su principito, el cual precisamente cobró vida en las cartas desconsoladas que le enviaba a sus amigos desde el destierro en el que estaba. Algo de eso quizás se perciba en estas fotos.

Quise entablar todo tipo de diálogos en este proyecto; desde los más evidentes hasta los más cercanos a la cultura boliviana y, por lo tanto, los más herméticos, vistos desde afuera. En un primer instante hay relaciones muy visibles, como la que establecí entre el Sahara de la versión original y la geografía desértica de Warawar wawa. Entre los escenarios que escogí para el principito andino, aparece el salar de Uyuni, en Potosí, el desierto de sal más grande del mundo. No creo que sea difícil asociar la aridez de un desierto hecho de sal con las llanuras blanquecinas de los asteroides y planetas que el principito original debía atravesar, y en fin, con el viaje mineral de este niño cuyo relato es un código global sobre el amor, la soledad, la sobreestimación de la madurez y el paso del tiempo.

En otros momentos, la relación entre el referente y la fotografía tiene la función de una metáfora. Por ejemplo, cuando en el capítulo VIII de El principito aparece la flor con espinas, en Warawar wawa quisimos convertirla en una luchadora libre, con rosas tejidas en sus trenzas, erguida en una de las esquinas del ring. La asociación podría estar entre la rudeza de las espinas de la flor y las llaves y candados propinados por la cholita, esa protección natural que le permite defenderse de sus enemigos.

También, como dije antes, este ejercicio de traducción de imágenes tuvo sus instantes radicales y herméticos. Al llevar el contexto andino al borracho del capítulo XII, se me ocurrió apelar a un personaje muy propio de la cultura boliviana: el aparapita. Uno de nuestros escritores bolivianos más importantes, Jaime Saenz, lo ha descrito con bastante precisión:

 

El aparapita es un hombre libre, hasta donde puede serlo un hombre como él, que debe ganarse el pan dependiendo de lo que buenamente –o malamente– le pagan [...]. Bebe hasta reventar y, por paradoja, mal puede permitirse el lujo de morir de hambre, ya que su gran sentido de la dignidad se lo prohíbe.

 


El aparapita es una especie de Diógenes que recorre las calles bolivianas buscando con resignación cómo subsidiar su bebida haciendo lo que haya que hacer. Quise dialogar con este personaje al extremar su imagen, haciéndole vestir un poncho hecho de películas piratas. Esta distorsión fue clave en el resto de las fotos: hay rosas que parecen cobrar vida en los cabellos de las mujeres, indígenas con remanentes electrónicos en su piel, ekekos, personajes con vestidos hechos de cachivaches. Buscaba que lo fantástico irrumpiera en el imaginario indígena, creando sus propias lógicas y desmitificaciones.

Aún más, traté de que lo fantástico se convirtiera en un punto de fuga entre una visión muy indigenista o muy eurocentrista del mestizaje y la nueva cultura andina. Yo no me considero completamente indígena, ni completamente blanco. Masco hoja de coca, uso abarcas, y al tiempo veo Netflix, tomo Coca-Cola y escucho a los Beatles. Mi identidad bebe de ambas culturas. Por eso, para este proyecto fue importante la expresión chi’xi (gris), proveniente del aymara. Cuando las mujeres aymaras tejen, crean un color indeterminado, cercano al gris, fruto de la yuxtaposición de dos capas distintas. De la misma forma, en estas fotos quise que no hubiera una pureza evidente. En este proyecto las personas se saben manchadas, mestizas, renuentes a los maniqueísmos de siempre. Y en esa carencia de un lugar fijo de pertenencia, en esa zona gris, los elementos fantásticos resumen nuestra identidad: una en la que es comprensible que este petit prince que he retratado se encumbre en el altiplano boliviano portando una camiseta del Barça.

 

 

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Comentarios a esta entrada

p j

Estoy seguro que mi suscripción aún está vigente, pero no puedo leer los artículos completos. Recibí un mail diciendo que el registro esta correcto, pero sigo sin poder leer completo.......por favor revisen y me cuentan. Gracias

Su comentario

River Claure

Ganador de la XVIII Beca Roberto Villagraz (España). Fue seleccionado para la revisión de portafolios del New York Times y nominado para la Joop Swart Masterclass de World Press Photo (2020). Acaba de publicar su libro Warawar wawa (Raya Editorial). Pueden consultar sus proyectos en www.riverclaure.com

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