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El Malpensante

Breviario

Un signo de los tiempos

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“Y mientras alguien”, dijo Julio, “explica alguna cosa, yo no sé por qué estoy en el café, en todos los cafés [...] en el Dupont [...] en el Deux Magots [...] en el Closerie des Lilas, en el Stéphane, en el café Au Chien qui Fume”.

 
“Me sentaba”, dijo Ernest, “en una esquina a la luz de la tarde que se filtraba debajo de mi espalda y me ponía a llenar mi cuaderno. El mesero me traía un café crème y yo me tomaba la mitad cuando se enfriaba un poco y dejaba la otra mitad en el pocillo mientras escribía”.
 
Porque hubo una época en la que los extranjeros podían sentarse en un café y escribir y comer cuando les diera hambre. Supongamos que le crees a Hem, que no hay otra ciudad en el mundo tan apropiada para escribir como París. Entonces (iluso) buscas en internet la dirección del Deux Magots y te compras un cuaderno que vale una fortuna (y no tiene hojas rayadas, en París los cuadernos siempre cuestan una fortuna y no tienen hojas rayadas) y piensas (no hay derecho) que si Sartre y Camus y Joyce... Entonces llegas a la puerta, el sitio tiene su encanto, estás listo para entrar. Y miras, por saber, la lista de precios.
 
Quince minutos después estás escribiendo en un parque, en los Jardines de Luxemburgo, digamos, y piensas (iluso y tras de todo pobre): “Bueno, si Sartre, si Breton” y en últimas escuchas que Morrison escribía en la Place des Vosges y piensas “Si Morrison...” y te vas con tu cuaderno a la Place des Vosges.
 
Pero nada dura para siempre y aunque pataleas con la lluvia de noviembre (en realidad es con el frío, pero hay que mantener la imagen) y te abrigas y te compras guantes térmicos porque los que compraste a los indiecitos ecuatorianos no dan más, llega el día en el que nadie puede quedarse dos horas en los parques y entonces sales del metro y quieres entrar a algún lugar, donde sea, donde haga calor.
 
Opción 1: mirar libros en la FNAC (pero con qué los compras).
 
Opción 2: mirar ropa en los almacenes con tinte chapineruno de la Rue de Rivoli.
 
Pero ni por el desespero del invierno entiendes la gracia de mirar ropa (¿por qué mi novia lo hace?, ¿por qué mi madre?).
 
Y un día hace frío y llueve. Te tomarías un café donde fuera. Y entras a M...

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Ricardo Abdahllah

En 2013, ganó el Concurso Nacional de Cuento de la Universidad de Antioquia con 'El sol es siempre igual'.

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